Hay empresas centradas en el proceso, y empresas centradas en el producto. Lo que más me marco de trabajar en TV es que solo importa el producto final. Puedes haber trabajado mucho o poco, con tal o cual método, con cariño o sin él, pero lo único que cuenta es la audiencia del producto final. El resto no justifica un fracaso. Y a veces tampoco explica un éxito.

Las grandes consultoras de tecnología serían el ejemplo opuesto: sólo les importa el proceso. El otro día un cliente de una de esas empresas nos contaba que para hacer un site tenía que ir aprobando entregables, cumplimentando requerimientos de cambios, y avanzando por un proceso que prima sobre el producto final. Al final obtuvo un site que no responde a lo que quería, pero justificable desde la metodología y proceso de trabajo seguido. Es decir, el proceso fue el correcto, y el producto no. Son empresas con jefes de proyecto (no de producto, ja!) dedicados a gestionar la administración del trabajo, de tal forma que nadie en el equipo se siente responsable del producto final. De hecho uno de los síntomas más claros de que se lleva mucho tiempo en una de estas empresas es la total desvinculación emocional con los productos que generas cuando trabajas ahí.

En las agencias de publicidad el producto final es tan importante que se convierte en una pesadilla. No existe proceso, solo el briefing y la fecha de entrega. Y entre ambos, el vacío. Eso permite conseguir resultados espectaculares, pero también destrozar el equipo humano, que por eso es sustituido de forma regular en todas las agencias cada cierto tiempo (como si no pasasen una ITV secreta ...)

Una de las cosas que me obsesionan en The Cocktail es hacer diseño de producto. Y muy bueno. La forma de conseguirlo ha sido pasar por una etapa donde prestábamos mucha atención al proceso (porque es dónde creas equipo, metodología y defines la sintaxis creativa y conceptual), a los entregables perfectamente diseñados, a la metodología de trabajo. Y en cuanto sentimos que estaba dominado, empezamos a romper los procesos, probar nuevas formas de trabajo, pasar del desarrollo en cascada a las iteraciones ... es decir, a pensar solo en el producto final y utilizar nuestra experiencia y conocimiento para llegar a él de la mejor forma posible de acuerdo a las características del proyecto, del equipo humano y de las restriciones del contexto. Porque a un buen cliente no debería procuparle tu forma de trabajo, sino la calidad de lo que le entregas, y si se ajusta a sus demandas o no.

El correcto proceso de trabajo es un factor de higiene, pero debería venir de serie, no ser algo diferencial. Si eres bueno en lo que haces se supone que sigues un proceso de trabajo óptimo. Pero éste no es tu motivo de existencia.

Estar centrado en producto implica también una forma diferente de hablar de uno mismo. Hace un par de años contábamos nuestras fases, enseñábamos entregables, cvs del equipo y metodología. Ahora enseñamos resultados obtenidos, productos hechos por nosotros que han alcanzado objetivos y cosas que hemos hecho que nos gustan.

En esta profesión muchos se enamoran de sus entregables, de los ppts llenos de frases inteligentes y de prototipos que luego no se parecen nada a lo que aparece en la web. Pero la verdad es que en diseño de interacción lo único que importa es precisamente la interacción final que el usuario tenga con tu producto. Y ya está.

Nota para historiadores: Las empresas que desarrollaron la Web 1.0 se centraban en el proceso (desarrollos en cascada largos, integraciones complejas, plataformas enormes ...); las que hacemos la Web 2.0 nos centramos en el producto final (sin documentar y utilizando el software funcionante como única medida de progreso). Por eso a las grandes empresas les cuesta tanto estar en el 2.0 Porque supone un cambio total de mentalidad.